Juan Valentín Lorenzo Ginori: «Vivo con la intensidad de mi tiempo»

Declara el Dr. en Ciencias que en días recientes se sumó a los profesionales de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas con la Categoría Docente Especial de Profesor Emérito

Por Ricardo R. González

Fotos: SMB y colaboración familiar

Juan Valentín Lorenzo Ginori es un hombre realizado. Prefiere que lo vean inmerso en las bondades y tropiezos de la cotidianidad sin adjetivos sobredimensionados ni halagos grandilocuentes. De su padre aprendió las lecciones más honestas de la vida. Un técnico electricista que partió, definitivamente, en 1999, y quien lo motivara a seguir el camino del oficio.

A él le dedicó el mayor de los regalos cuando a los 21 años lo viera convertido en todo un ingeniero electricista durante la graduación universitaria de 1969. Desde entonces se traza el camino de este esperanceño que en días recientes recibió la Categoría Docente Especial de Profesor Emérito de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas (UCLV).

No es un extraterrestre ni alguien encerrado en la burbuja exclusiva del magisterio. Marchó a alfabetizar con solo 13 años, y más allá de la docencia y la investigación se declara amante del deporte. El fútbol, el béisbol y el voleibol los disfruta como espectador; sin embargo, el atletismo le fascina para mantener el bienestar físico.

De la música prefiere varios géneros, y aunque confiesa no ser gran bailador tampoco constituye un cero a la izquierda.

Ya el almanaque le indica 70 años; de ellos, cinco décadas de ejercicio profesional, y dentro de su título de ingeniero electricista en telecomunicaciones y electrónica buscó los espacios más gustados porque no había tenido vocación para desempeñarse en otras esferas.

Un currículo de más de 30 páginas descubre a esta persona de bien, y entre tantas responsabilidades, méritos, participación internacional, tutorías… destaca que le ha quedado tiempo para vivir.

«Siempre he reservado una parte de este de una manera normal, pendiente de mi hijo y mi cónyuge. Quizás no les dediqué todo el que hubiera querido, pero llevé una vida familiar bastante estable también con mis padres, y no pudiera dedicarme a mis labores sin el apoyo de mi esposa».

— Durante la ceremonia de entrega de la Condición de Profesor Emérito el primer nombre que Ud. mencionó fue el de Maritza. ¿Qué representa en su trayectoria?

— Dentro de poco cumpliremos las bodas de oro. Ha compartido conmigo los buenos momentos y los no tan agradables. Y ahí está Maritza Pérez Fabelo como apoyo fundamental. Lo que he dicho es un acto de justicia, a lo mejor por ser graduada de Psicología, con 45 años de ejercicio, sabe llevar muy bien su profesión.

La rectora de la UCLV, Dra. Osana Molerio Pérez, concedió el diploma acreditativo y un cuadro de José Martí al condecorado.

— Dentro de todas las ramas ¿cuál ha sido el momento más difícil?

Cuando por necesidades de la UCLV me nombraron jefe del departamento de Física. Estuve seis años. Había sido profesor de la asignatura como alumno ayudante. Ello me enseñó que la Física tiene sus complejidades y guarda distancia con lo que uno aprende en las carreras de ingeniería.

— ¿Contratiempos?

— Quise dar una respuesta a fin de mejorar mi formación en Física y eso me apartó de la línea que llevaba. Cuando concluí la responsabilidad tuve que recuperar ese tiempo, y pase al Centro de Estudios de Electrónica y Tecnologías de la Información (CEETI), aunque nunca he abandonado la docencia, tanto de pregrado como de postgrado.

— ¿Un solo momento difícil?

— Hay otro. Asumí las funciones de decano en la Facultad de Ingeniería Eléctrica. Requería consagración y estuve dos años. Debido a la intensidad de las responsabilidades mi actividad como docente e investigador se deprimió.

— En tiempos complejos de periodo especial ¿cómo logró vencer obstáculos para llegar puntual y ejercer las responsabilidades profesionales?

— Aunque parezca paradójico fue una de mis mejores etapas. Fidel planteó que el desarrollo de las ciencias podían vencer todas las limitaciones y se le dio mucho auge a la investigación científica con nuevas dependencias dedicadas a ella. Me designaron director de lo que era el CEETI. Íbamos en bicicleta a diario a pesar de que la alimentación no era la mejor, y como soy de buen apetito algunos platos que no resultaban preferidos por mis colegas me lo cedían en el comedor de la Universidad. Increíblemente en esos años completé mi formación como científico.

— Ha tenido que ver con la ingeniería biomédica ¿De qué manera?  

— Constituye una rama importante de la tecnología. Realizamos aplicaciones en colaboración con el Centro de Neurociencias de Cuba para el almacenamiento de las señales dirigidas a electrocardiogramas, encefalogramas y otras variantes; sin descartar el estudio de pacientes con algoritmos novedosos cuyas experiencias se publicaron en revistas internacionales.

«Otros estudios recayeron en la variabilidad de la frecuencia cardíaca, y sobre el mejoramiento de la calidad en las imágenes médicas obtenidas mediante la tomografía axial computarizada (TAC), entre otros».

— La carrera de Ingeniería Biomédica quedó establecida en la UCLV. De pronto, desapareció…

— Luego de siete años de ejercicio decidieron dejarla solamente en la   Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría de La Habana (CUJAE) y en la Universidad de Oriente. Llegamos a graduar de 150 a 170 profesionales, y en la actualidad impartimos postgrados para los diplomados en esa carrera que laboran en las provincias centrales.

— Si tuviera la posibilidad de modificar aspectos de la docencia actual ¿cuáles cambiaría?

— Los programas están siempre en cambio y actualización según los tiempos. Hay que impregnar la dialéctica, y un componente fundamental del trabajo del profesor es la concepción adecuada de los contenidos de cada modalidad de estudio.

— Desde su punto de vista ¿qué requisitos consolidan a un buen profesor?

— Un dominio profundo de las disciplinas que imparte, un caudal de actualización, conocimientos de los principios pedagógicos básicos, y mucho respeto hacia los alumnos. Nunca puede considerarse que una pregunta es insulsa. Y tengo la satisfacción de contar con un estímulo creado por la FEU, consistente en la Tiza de Oro, según la visión que poseen los estudiantes sobre sus docentes.

— Con toda sinceridad ¿Ha ocurrido que los alumnos le hagan preguntas que no ha sabido responder?

— Afirmativo. Me encanta que suceda. Del estudiantado he aprendido mucho. Es también un aula dentro de otra. Cuando enfrento una asignatura trato de resolver la mayor cantidad de dificultades del libro de texto. Hay algunas muy difíciles y voy dejando la solución para después. Da la casualidad que en un curso de maestría un alumno muy bueno se refirió a un problema que él no había resuelto y yo tampoco. Eso me costó casi dos noches sin dormir hasta que le llevé la respuesta.

Una vez en casa el laureado comparte el diploma con Maritza Pérez Fabelo, su esposa, y colaboradora en todo lo alcanzado.

— Entre la Matemática y la Física ¿cuál prefiere?

— Tengo más vínculo con la primera y sustenta más las asignaturas que he impartido, aunque la Física es la ciencia madre del método científico. En el Dpto. de Física crearon un diploma para reconocer a los físicos por Naturaleza y tengo el honor de que haya llegado a mí. Admiro la Física, aunque no soy especialista.

— ¿Y entre la docencia y la investigación?

— La docencia tiene un papel fundamental en la formación del investigador universitario. Al impartir asignaturas se adquiere una disciplina universal. Abrazo más la investigación, a pesar de que la docencia tiene un rol importante, y me gusta mucho la tutoría.

— ¿Es cierto que Ud. le pronosticó un buen futuro a Miguel Díaz—Canel Bermúdez sin resultar un previsor?

— Lo tuve en mi aula en la época en que yo fungía como jefe de la carrera de Electrónica. Era estudiante destacado y lo vinculé como alumno ayudante. Tenemos incluso un artículo conjunto escrito para una revista. Él terminó su tesis en el Instituto Técnico Militar José Martí (ITM), mantuvimos el vínculo, y lo animé a que trabajara en la UCLV. Así lo hizo como profesor durante tres años.

«Por sus características integrales en cierta oportunidad le dije que llegaría muy lejos. No me equivoqué. Nos hemos reencontrado varias veces y siempre recuerda ese detalle».

— ¿Qué le ocurrió a Lorenzo Ginori con un brazo enyesado?

— Tuve un accidente durante un corte de caña y me enyesaron el brazo. Soy normalmente derecho, y los alumnos pensaron que se suspenderían las clases. Cuál fue la sorpresa al ver que utilizaba la mano izquierda sobre el pizarrón. No había escapatoria.

— ¿Y en los Juegos Criollos de 2003?

— Era, cuando aquello, decano de la Facultad de Ingeniería Eléctrica y convocaron a un maratón masivo. Yo corría unos 5 km tres veces a la semana, y el trayecto competitivo estaba previsto desde la zona de El Gigante hasta la Universidad. Cuando llegué al punto de partida solo encontré a tres profesores de Educación Física y unos diez estudiantes del equipo de Atletismo. Nadie más. No me quedaba otro remedio que participar, y ni hablar de resultados. No fui el último en llegar porque uno de los estudiantes se lesionó durante la carrera y concluí en la penúltima posición.

— Entre tantos distintivos ¿cuáles no dejaría de mencionar?

— Las ordenes Frank País de I y II grados, y la Orden Carlos J. Finlay, conferidas por el Consejo de Estado, la Categoría Docente Especial de Profesor Emérito de la UCLV, y la de Académico de Mérito de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC).

— ¿Cómo ve Lorenzo Ginori a Lorenzo Ginori?

Alguien que ama su profesión, que trata de darlo todo sobre la base de ser cada día mejor persona, y el que desea años de lucidez para formar a las nuevas generaciones y científicos.

«Un cubano que comparte las realidades de su país y vive con la intensidad de mi tiempo. Quien ve en el futuro un reto y compromiso de entregarle las mejores formas para contribuir a que resulte exitoso. Ah…, y quien seguirá viendo al Tren Universitario como el medio disponible para llegar a mi primer y único centro de trabajo: la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas».

PEQUEÑO DOSSIER

Se graduó en 1969 en la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas y obtuvo su doctorado en Ciencias Técnicas en 1982, con 34 años, y sin estar liberado de sus funciones. Master en Ingeniería de Telecomunicaciones en el Instituto Superior Politécnico José A. Echeverría, La Habana, 1975. Profesor Titular Consultante de la Facultad de Ingeniería Eléctrica de la UCLV, e Investigador Titular.

En el centro de estudios superiores ha sido Jefe del Dpto. de Electrónica (1974-84), Vicedecano (1985-86), Director del Centro de Estudios de Informática (1986), Jefe del Dpto. de Física (1986-1991), Director del Centro de Estudios de Electrónica y Tecnologías de la Información (CEETI, 1992-2001 y desde 2004 hasta 2009), y Decano (2002-2003).

Tiene más de 160 ponencias, siete libros, 12 Premios CITMA. Ha impartido diversos cursos y seminarios de postgrado, sin descartar el asesoramiento a catorce tesis de maestría, diez tesis doctorales, y es miembro de los Comités Académicos de los programas de Maestría en Señales y Sistemas y del Comité Científico de Doctorado en Informática.

Resaltan sus conferencias en universidades de México, Canadá, así como sus estancias investigativas en instituciones de España, Bélgica, Brasil e Italia, entre otros méritos.

También puede ver este material en:

http://soyquiensoy.blogia.com

https://twitter.com/riciber91

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Acerca de ricardosoy
Ricardo R. González, graduado de Filología en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, Cuba, en 1982. Laboro como periodista en el periódico Vanguardia, de la provincia de Villa Clara, en una profesión a la que he dedicado gran parte de mi vida, y me ha traído múltiples satisfacciones. Soy un terrícola más en busca de la paz y del bienestar de los semejantes. Si me aceptan… AQUÍ ESTOY.

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